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Sí,
nalgas. Llamémoslas con su nombre desde un
principio (a pesar de que a algunos, -gays
incluso-, les sonroja la palabrita) y que a
nadie debería ofender tan castizo y sonoro
nombre aunque derivado del latín, pero que es más
correcto que los eufemismos, científicos y
hasta cursis de "trasero",
"posaderas", "asentaderas",
"pompis" "glúteos" o "nylons".
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Más
localista es el de "culo", que
algunos utilizan como sinónimo, pero
siendo específicos, el culo o ano es
esa parte final del sistema digestivo
diseñada "para desechar lo que su
cuerpo no necesita", pero que los
gays, por no tener otro lugar por donde,
han aprovechado para funciones más
sexys y placenteras a fin de alcanzar
"ese obscuro objeto del
deseo", como lo llamara Buñuel, y
que no es sólo la próstata como muchos
se estarán imaginando; que sí, es
destino del placer sexual en gran parte
de homosexuales y gays (que no es la
misma cosa, pero que no voy a ponerme a
definir eso en este momento), específicamente
en los pasivos, pero que también ofrece
el ano y esto -¡agárrense señores!-,
vale tanto para homosexuales como para
heterosexuales.
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Mas
resulta que también el ano (masculino y
femenino) es un centro de terminaciones
nerviosas que la mayoría de los seres humanos (bugas)
desconocen como tal hasta que algún dedito
travieso les hace descubrir un buen día lo que
pensaban sólo era el desagüe de una cloaca y
nada más. Pero perdón, ya estoy divagando con
precisiones fisiológicas que nada tienen que
ver con esos medios melones tan atractivos
recubiertos de aterciopelada piel, motivo del
presente artículo.
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La
sexóloga Anabel Ochoa señala en su más
reciente libro "Mitos y realidades
del sexo joven", lo siguiente:
"Sería lógico preguntarnos por qué
miramos con lascivia el trasero de la
gente que nos atrae, o mejor dicho por
qué nos atrae tanto esta parte del
cuerpo aunque no pretendamos exactamente
hacer nada con ella, ni siquiera el
coito anal como primera intención.
Digamos que este atractivo es un
recuerdo ancestral del que aún no
escapamos. Somos descendientes
-relativamente recientes en la escala
evolutiva- de un animal que caminaba a
cuatro patas, de modo que la manera de
ver eróticamente a la pareja no era
exactamente frontal sino desde atrás y
prometiendo con las glúteas formas el
placer sexual." ¿Será por eso que
los bugas de primera intención jamás
ven a las chavas a la cara sino al
pecho, y que a los gays se nos acusa
también de "tener mirada
braguetera" (que no son sino otras
formas manifiestas e insatisfechas del
sexo y hasta de hambre en la más
literal de sus expresiones).
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¿Será
por eso también que los gays miramos tanto las
nalgas de los varones? Si son las de las comas,
será para criticarlas, pero si son las de los
bugas o las de otros gays que nos gustan, será
para comérnoslas, aunque sea con la mirada (y
olvidémonos por ahora del anilingus, vulgo:
"beso negro", tan rico pero tan
riesgoso y para muchos asqueroso). En
definitiva: a los gays, activos o pasivos, nos
atraen las nalgas con sinigual enjundia; a los
primeros por ser obviamente el objeto de su
placer sexual; pero ¿y a los segundos?, por la
misma razón que a las mujeres, quienes opinan
que unas buenas nalgas hacen más elegante el
pantalón masculino. Un gay pasivo, además,
cifra su sex appeal en el tamaño, consistencia
y belleza de sus nalgas.
Mas
dicen que siempre hay una excepción a la regla
y algún audaz reportero, queriendole quizás
descubrir el numerito, le preguntó en alguna
ocasión al "prominente" actor belga
(con "b" labial, no labiodental) Jean
Claude Van Dame, por qué en casi todos sus
filmes las enseñaba y él, no pudiendo ser más
franco, le contestó sencillamente: "Pues
porque las tengo muy bonitas." (Y que
conste que seguimos hablando de las nalgas.)
Afortunadamente
también han quedado atrás los tiempos aquellos
en que se definía a los géneros como
"sexo bello" (ellas) y "sexo
feo" (ellos), pues la belleza, como bien la
entendieron los griegos antiguos, está tanto en
la mujer como en el varón; por lo tanto
finalicemos con este desbarre: tan hermosas
pueden ser unas nalgas femeninas en forma de
pera, bastas y carnosas (aunque fofas), como
unas masculinas: redonditas, paraditas, duritas
y... ¡Y ya! Mejor disfrutemos con la vista lo
que quizá con la escritura no supe expresar tan
exactamente ¡Provechito!
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