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La prostitución, el
oficio más antiguo del mundo, consiste en vender
servicios de índole sexual a otra(s) persona(s) con
la intención de ganar dinero o cualquier otra
retribución. De hecho, a los que ejercen la
prostitución se les denomina prostituta o
prostituto; pero también existen términos como
“dama” u “hombre de compañía”, que conllevan una
carga menos peyorativa.
En Guatemala, se les suele decir de manera coloquial
padrotes o padrotillos; aunque, en algunos países de
Latinoamérica la palabra “puto”, además de ser muy
despectiva, no tiene significación de prostituto,
sino más bien de
homosexual.
De hecho, si bien hay dos maneras diferentes de
llamar a las personas que ejercen este oficio, para
muchos, la palabra prostitución solo tiene
género femenino, puesto que al referirse a
ella solo se toman en cuenta casos de mujeres
vendiendo su cuerpo a cambio de dinero y, si bien en
la mayoría de los casos se encuentran féminas
ejerciendo el oficio, existe también un cierto
sector de hombres que se dedican al mismo. Este
sector, por ser de menor número, está prácticamente
olvidado de las propuestas sociales de ayuda o de
campañas que puedan orientar, motivar o proteger a
estos hombres.
La mayoría de los hombres que ejercen el oficio, son
chicos que llegan a la capital desde diferentes
puntos del interior del país, en busca de una mejor
situación económica que tenían en sus hogares y al
enfrentar la grave situación de desempleo, recurren
a la prostitución como una manera de poder
subsistir. Otros son inmigrantes de países
vecinos centroamericanos, básicamente Honduras y
Nicaragua, que llegan a Guatemala ya sea para
quedarse o van en la búsqueda del aun existente
sueño americano, aprovechando la estancia en nuestro
país para obtener recursos económicos y reanudar su
viaje.
Un estudio enfocado en este tema, ha demostrado que
el perfil del hombre que ejerce la prostitución en
este país, es de unos 17 a 20 años. Así, casi un 80
por ciento por ciento de ellos afirma que sí se
cuida para tener relaciones con sus clientes lo que
se contradice con el alto número de infecciones que
se han registrado entre ellos.
De hecho, un tema bastante fuerte con respecto a
esta actividad es el contagio del VIH; éste llega a
1 de cada 6 dentro de la población masculina
que ejerce dicha actividad.
Así, cuando se les ha entrevistado, ellos son
conscientes de los riesgos a los que están expuestos
a través de dicha actividad, pero en el momento de
hacer "algo" (es decir, usar preservativos), no lo
hacen.
En realidad, esto puede demostrar dos cosas: que les
da asco la pareja por lo que deciden utilizar
preservativo o que todo lo contrario, no lo usan
porque son parejas constantes; también existen
algunos clientes que se lo piden expresamente o
también deciden hacerlo cuando el cliente es
homosexual, puesto que si es mujer, no
usan nada para protegerse.
Esto es lo contradictorio de los trabajadores,
puesto que afirman que el preservativo lo usan solo
de manera "simbólica", porque su uso establece una
barrera con el cliente. Por lo que cuando tienen
relaciones privadas, deciden no usarlo.
Así, según los investigadores, el condón "es como
una barrera que les permite a los trabajadores hacer
una gran distinción entre las relaciones sexuales
comerciales y las privadas".
El trabajador masculino tiene un riesgo 25 veces
mayor al de una mujer que ejerza la misma actividad
de contraer el VIH. En líneas generales, esto se debe
a que siempre se le ha visto a la prostitución como
un tema de mujeres y no de hombres, por lo que la
falta de información hace que el trabajador
masculino descuide elementos importantes para
ejercer el oficio. Así, es la prostitución masculina
un tema prácticamente invisible a nuestra sociedad
por lo que se afianza como algo muy vulnerable al
mismo tiempo.
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