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El camino de asumirse
homosexual

Por Hernán Paniagua - anodis.com
29 de abril 2008

En la vida hay cosas que se dicen fáciles, pero que en la práctica son tremendamente complicadas, y sólo cuando las miras de cerca te das cuenta de su inesperada complejidad.
 

Así exactamente sucede cuando la gente de buenas intenciones te aconseja con la mano en la cintura “asumirte” como homosexual, “salir del clóset” y otros tantos sanos consejos, que si bien pueden ser efectivamente buenos, les hace falta incluir un cómo, para contar también con una pequeña orientación.
Nadie está pidiendo que le pasen el manual para lograr asumirse paso por paso como homosexual, identificarse con la onda gay y vivir en paz con el propio homoerotismo.

Es evidente que cada historia tiene sus ventajas y sus impedimentos para hacer este proceso, por eso es igualmente obvio que recetas al respecto no hay, ni una sola. Lo que sí es un hecho es que el aceptar la homosexualidad conlleva un proceso.
Un mundo heterosexualizado

Lo primero que aparece a la vista es que con toda probabilidad creciste en un ambiente heterosexual, con una mamá y un papá y una cultura que te enseño que si deseabas tener el éxito en la vida necesitabas repetir el patrón de una mamá y un papá y unos hijos.

¿Viste los anuncios en la tele donde hombres muy atractivos se ligaban a las mujeres que los otros deseaban y eso les granjeaba una incondicional aprobación social?

¿O viste a las súper mujeres, también en la tele, que lavaban, planchaban, trabajaban como ejecutivas exitosas, cuidando además a los hijos sin sudar una sola gota ni descuidar su impecable maquillaje?
Alrededor de nosotros, los productos manejados por la mercadotecnia son para hombres que quieren conquistar mujeres y para mujeres que quieren conquistar hombres.

O sea, en síntesis, en un mundo lleno de mensajes heterosexuales, pareciera a primera instancia, que para ser feliz, para ser querido, aceptado y para llegar un día a sentirte en plenitud y con la realización formando parte de tu vida, debes ser heterosexual.
La negación

Entonces, un día descubres catastróficamente que tus sentimientos no son heterosexuales; eres homosexual. Inicialmente entras en una absoluta negación y tratas de taparle el ojo al macho diciéndote que es algo pasajero, que sólo te sucedió con él o con ella específicamente, pero que luego se te quitará y etcétera.

Y la cosa es que no se te quitó y que cada vez te gustan más los especímenes de tu mismo sexo. Es más: ya ni desearías que fuese de otra manera.
Entonces te paras a la mitad de tu mundo y escuchas los mensajes de la tele, las revistas, la escuela, tu familia y todos los demás, que te dicen que el éxito esta en la heterosexualidad.
La reflexión

Como tú no eres heterosexual, se entendería que por ese hecho ya se te negó el éxito en la vida, ya nadie te aceptará y no te van a querer quienes tú deseas que te quieran. La cosa tiene una lógica bien estructurada, pero rotundamente equivocada.
Y es aquí donde entra la cuestión de aceptarse a uno mismo o a una misma: tienes tus energías aferrándose a seguir siendo heterosexual, aunque es algo que ya para nada te satisface, y tratas de convencerte y justificarte y volver de una u otra manera a ser lo que parece que la sociedad quisiera que fueras.

Pero tienes ganas de otra cosa, no quieres fingir ser algo que no eres, pero crees que debes hacerlo; pesan sobre ti las expectativas de la gente que te quiere y que espera que hagas lo mejor de tu vida y tú, finalmente, estás debatiéndote entre satisfacerlos a ellos o satisfacer tus propias necesidades. Serles fiel a ellos o serte fiel a ti.
El tema es simplemente soltar, dejar ir. El primer paso está en aceptar concretamente que uno no es heterosexual y que es momento de dejar de desear serlo.

Reflexionar sobre que ser homosexual no equivale a fracasar en la vida, a no merecer ser querido o ser incapaz de despertar el orgullo de las personas que nos quieren, o el propio. Particularmente el orgullo propio.
El duelo

Luego viene lo que nadie te platicó: el duelo. Este trabajo de darte cuenta que no es el fin, y que no era para tanto, tiene como precedente la pérdida del futuro que te habías imaginado toda tu vida, darte cuenta que los cuentos de hadas no se parecen al destino que te espera, porque más bien quisieras ser una princesa rescatada por otra princesa, o ese caballero andante que se enamora del dragón y no de la damisela en desgracia.

Eso es lo que hay que dejar ir, la familia que ibas a tener, los hijos que obviamente llegarían, tus domingos con los cuates hablado de viejas entre chela y chela. La verdad es que eso duele invariablemente.

Ya después te empiezas a preguntar si los demás te querrían siendo homosexual; piensas por ellos y te juzgas a ti con una dureza con la que los otros jamás te verían.

Precisamente, no hay peor juez que uno mismo. Tiempo después quizá les digas que eres gay y tu madre dirá: “Si, ya me lo imaginaba”, y tu te sentirás como menso o como mensa después de todo tu agobio en el que te esperabas lo peor.
El punto es que un día ya no duele, es el día en el que la transición se va terminando y entiendes que, efectivamente, ser gay no equivale a decepcionar a nadie, ni fracasar en la vida, ni tener las puertas cerradas.

Descubres que eres tan persona como cualquier otro y sigues trabajando en sentirte cada vez más a gusto en tu piel, con tus afectos y tu manera de amar; conociendo más gente homosexual que es admirable y que es como tú.
La aceptación

Así empiezas a aceptarte, luego de que enfrentaste al toro por los cuernos, y te dolió, lo superaste, y al final resurgiste siendo mejor persona y una mucho más madura que cuando todo comenzó.

Aceptando tu homoerotismo dejas de considerar la homosexualidad como un atributo malo o vergonzoso; y a la heterosexualidad la empiezas a percibir no como un gran todo indisoluble, sino como un catálogo de elementos puestos ahí para que los puedas elegir de uno en uno.
La elección

Haces entonces un alto en el camino, con tu viejo catálogo sobre estilo de vida heterosexual entre las manos, y vas seleccionando detenidamente qué de cada cachito de la heterosexualidad te funciona para integrar a tu propia vida:

Quizá elijas de ahí tener un par de hijos o igual sólo uno, quizá te lata adoptar la actitud heterosexual en público y la gay en lo privado, tal vez rodearte de gente de sexo distinto al tuyo, formar tu familia según tu estilo o lo que se te ocurra; las combinaciones son ilimitadas.

Por eso, cada hombre y mujer homosexual tiene una manera bien distinta de vivir su homosexualidad. Nada es obligatorio: no necesitas ser una mujer fornida y ruda conduciendo un trailer o un hombre delicado que se pone tacones cuando cae la noche.

No tienes que serlo si no lo deseas, o puedes, si tienes ganas, como puedes ser también cualquier otra cosa que se te antoje. Hay homosexualidades para cada todos los gustos.
Así es a grandes rasgos el proceso para “asumirte” como homosexual, o mejor dicho: para aceptar tu homosexualidad. A veces, enseguida de esto viene el “salir del clóset”, pero a veces no, depende de cómo vives tu homosexualidad.

Tú eliges, no estás obligado u obligada a nada; sólo no te desanimes, es un trayecto muy intenso que duele en su momento, pero también en su momento te deja una tremenda satisfacción. De cualquier manera, así es toda la vida.


 

 

 

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