Así
exactamente sucede cuando la gente de buenas
intenciones te aconseja con la mano en la
cintura “asumirte” como homosexual, “salir
del clóset” y otros tantos sanos consejos,
que si bien pueden ser efectivamente buenos,
les hace falta incluir un cómo, para contar
también con una pequeña orientación.
Nadie está pidiendo que le pasen el manual
para lograr asumirse paso por paso como
homosexual, identificarse con la onda gay y
vivir en paz con el propio homoerotismo.
Es evidente que cada historia tiene sus
ventajas y sus impedimentos para hacer este
proceso, por eso es igualmente obvio que
recetas al respecto no hay, ni una sola. Lo
que sí es un hecho es que el aceptar la
homosexualidad conlleva un proceso.
Un mundo heterosexualizado
Lo primero que aparece a la vista es que con
toda probabilidad creciste en un ambiente
heterosexual, con una mamá y un papá y una
cultura que te enseño que si deseabas tener
el éxito en la vida necesitabas repetir el
patrón de una mamá y un papá y unos hijos.
¿Viste los anuncios en la tele donde hombres
muy atractivos se ligaban a las mujeres que
los otros deseaban y eso les granjeaba una
incondicional aprobación social?
¿O viste a las súper mujeres, también en la
tele, que lavaban, planchaban, trabajaban
como ejecutivas exitosas, cuidando además a
los hijos sin sudar una sola gota ni
descuidar su impecable maquillaje?
Alrededor de nosotros, los productos
manejados por la mercadotecnia son para
hombres que quieren conquistar mujeres y
para mujeres que quieren conquistar hombres.
O sea, en síntesis, en un mundo lleno de
mensajes heterosexuales, pareciera a primera
instancia, que para ser feliz, para ser
querido, aceptado y para llegar un día a
sentirte en plenitud y con la realización
formando parte de tu vida, debes ser
heterosexual.
La negación
Entonces, un día descubres catastróficamente
que tus sentimientos no son heterosexuales;
eres homosexual. Inicialmente entras en una
absoluta negación y tratas de taparle el ojo
al macho diciéndote que es algo pasajero,
que sólo te sucedió con él o con ella
específicamente, pero que luego se te
quitará y etcétera.
Y la cosa es que no se te quitó y que cada
vez te gustan más los especímenes de tu
mismo sexo. Es más: ya ni desearías que
fuese de otra manera.
Entonces te paras a la mitad de tu mundo y
escuchas los mensajes de la tele, las
revistas, la escuela, tu familia y todos los
demás, que te dicen que el éxito esta en la
heterosexualidad.
La reflexión
Como tú no eres heterosexual, se entendería
que por ese hecho ya se te negó el éxito en
la vida, ya nadie te aceptará y no te van a
querer quienes tú deseas que te quieran. La
cosa tiene una lógica bien estructurada,
pero rotundamente equivocada.
Y es aquí donde entra la cuestión de
aceptarse a uno mismo o a una misma: tienes
tus energías aferrándose a seguir siendo
heterosexual, aunque es algo que ya para
nada te satisface, y tratas de convencerte y
justificarte y volver de una u otra manera a
ser lo que parece que la sociedad quisiera
que fueras.
Pero tienes ganas de otra cosa, no quieres
fingir ser algo que no eres, pero crees que
debes hacerlo; pesan sobre ti las
expectativas de la gente que te quiere y que
espera que hagas lo mejor de tu vida y tú,
finalmente, estás debatiéndote entre
satisfacerlos a ellos o satisfacer tus
propias necesidades. Serles fiel a ellos o
serte fiel a ti.
El tema es simplemente soltar, dejar ir. El
primer paso está en aceptar concretamente
que uno no es heterosexual y que es momento
de dejar de desear serlo.
Reflexionar sobre que ser homosexual no
equivale a fracasar en la vida, a no merecer
ser querido o ser incapaz de despertar el
orgullo de las personas que nos quieren, o
el propio. Particularmente el orgullo
propio.
El duelo
Luego viene lo que nadie te platicó: el
duelo. Este trabajo de darte cuenta que no
es el fin, y que no era para tanto, tiene
como precedente la pérdida del futuro que te
habías imaginado toda tu vida, darte cuenta
que los cuentos de hadas no se parecen al
destino que te espera, porque más bien
quisieras ser una princesa rescatada por
otra princesa, o ese caballero andante que
se enamora del dragón y no de la damisela en
desgracia.
Eso es lo que hay que dejar ir, la familia
que ibas a tener, los hijos que obviamente
llegarían, tus domingos con los cuates
hablado de viejas entre chela y chela. La
verdad es que eso duele invariablemente.
Ya después te
empiezas a preguntar si los demás te
querrían siendo homosexual; piensas por
ellos y te juzgas a ti con una dureza con la
que los otros jamás te verían.
Precisamente, no hay peor juez que uno
mismo. Tiempo después quizá les digas que
eres gay y tu madre dirá: “Si, ya me lo
imaginaba”, y tu te sentirás como menso o
como mensa después de todo tu agobio en el
que te esperabas lo peor.
El punto es que un día ya no duele, es el
día en el que la transición se va terminando
y entiendes que, efectivamente, ser gay no
equivale a decepcionar a nadie, ni fracasar
en la vida, ni tener las puertas cerradas.
Descubres que eres tan persona como
cualquier otro y sigues trabajando en
sentirte cada vez más a gusto en tu piel,
con tus afectos y tu manera de amar;
conociendo más gente homosexual que es
admirable y que es como tú.
La aceptación
Así empiezas a aceptarte, luego de que
enfrentaste al toro por los cuernos, y te
dolió, lo superaste, y al final resurgiste
siendo mejor persona y una mucho más madura
que cuando todo comenzó.
Aceptando tu homoerotismo dejas de
considerar la homosexualidad como un
atributo malo o vergonzoso; y a la
heterosexualidad la empiezas a percibir no
como un gran todo indisoluble, sino como un
catálogo de elementos puestos ahí para que
los puedas elegir de uno en uno.
La elección
Haces entonces un alto en el camino, con tu
viejo catálogo sobre estilo de vida
heterosexual entre las manos, y vas
seleccionando detenidamente qué de cada
cachito de la heterosexualidad te funciona
para integrar a tu propia vida:
Quizá elijas de ahí tener un par de hijos o
igual sólo uno, quizá te lata adoptar la
actitud heterosexual en público y la gay en
lo privado, tal vez rodearte de gente de
sexo distinto al tuyo, formar tu familia
según tu estilo o lo que se te ocurra; las
combinaciones son ilimitadas.
Por eso, cada hombre y mujer homosexual
tiene una manera bien distinta de vivir su
homosexualidad. Nada es obligatorio: no
necesitas ser una mujer fornida y ruda
conduciendo un trailer o un hombre delicado
que se pone tacones cuando cae la noche.
No tienes que serlo si no lo deseas, o
puedes, si tienes ganas, como puedes ser
también cualquier otra cosa que se te
antoje. Hay homosexualidades para cada todos
los gustos.
Así es a grandes rasgos el proceso para
“asumirte” como homosexual, o mejor dicho:
para aceptar tu homosexualidad. A veces,
enseguida de esto viene el “salir del
clóset”, pero a veces no, depende de cómo
vives tu homosexualidad.
Tú eliges, no estás obligado u obligada a
nada; sólo no te desanimes, es un trayecto
muy intenso que duele en su momento, pero
también en su momento te deja una tremenda
satisfacción. De cualquier manera, así es
toda la vida. |