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EL DÍA DE SALIR DEL CLÓSET.
Su historia a través de un relato personal

10 de
octubre 2007
Por Angela I. Figueroa
(eternagitana48@gmail.com)


 


 

El 14 de octubre de 1979- exactamente 10 años después de la Rebelión de Stonewall y el nacimiento del movimiento moderno por los derechos civiles de las minorías sexuales- se celebró la 1ra gran marcha a Washington, DC por los derechos gay. La decisión se tomó al calor de la indignación provocada por el asesinato del miembro de la Junta de Supervisores de San Francisco Harvey Milk- primer político electo en los E.U. abiertamente gay- y la sentencia ridícula dada a su asesino confeso, el también supervisor Dan White. Marcharon más de 100,000 personas de todo Estados Unidos y delegaciones de 10 otros países.
 
A pesar de la demostración de fuerzas de ese 14 de octubre y del trabajo diario a nivel local por decenas de asociaciones gay y lésbicas en todo el país, muy poco cambió en los años siguientes. Se mantenían las leyes contra la sodomía que penalizaban el sexo entre personas del mismo sexo con penas de cárcel que llegaban hasta 20 años en algunos estados. Seguía siendo legal y socialmente aceptable la discriminación contra lesbianas y gays en los centros de trabajo y estudio, en el acceso a servicios públicos y privados y en el alquiler y compra de viviendas, entre otros. Continuaban sin reconocerse las parejas del mismo sexo con todos los efectos discriminatorios adicionales que ello conlleva.
 
La pandemia del SIDA continuaba atacando de forma desproporcionada a los HSH como resultado de la homofobia en sus diferentes manifestaciones- desde la internalización de los mensajes negativos de la cultura con el consiguiente daño al ego y autoestima y las conductas autodestructivas a las cuales puede llevar, hasta la política criminal de la administración del Presidente Reagan que trató la enfermedad como una aliada enviada por el mismísimo Dios para deshacerse de "indeseables" (homosexuales, prostitutas y usuarios de drogas).
 
La decisión de 1986 de la Corte Suprema de los Estados Unidos en el Caso Bowers v. Hardwick mediante la cual se mantuvo la constitucionalidad de las leyes contra la sodomía, desconociendo de paso el derecho de gay's y lesbianas a la privacidad fue el llamado de atención a la necesidad impostergable de redoblar la lucha, extenderla y profundizarla. En reacción a esa decisión nació la idea de una 2da gran marcha sobre Washington que tenía que ser más multitudinaria, más militante, más demostrativa de que no íbamos a cejar en nuestra lucha hasta alcanzar el pleno reconocimiento de nuestros derechos civiles.
 
El 11 de octubre de 1987 (para ver la nota periodística de The New York Times, hacer click aquí) descendieron sobre la capital, desde todo lo largo y ancho de la geografía estadounidense, buses con triángulos rosa- el símbolo más reconocido del movimiento gay antes que se popularizara la bandera arcoiris. De todas las estaciones del Metro cercanas al punto de encuentro en el Mall fluían marejadas humanas con triángulos rosa en banderines, camisetas, gorras; hombres de saco y corbata tomados de la mano, enfermeras uniformadas que después veríamos marchar tras la bandera de "Asociación de Enfermeras Gay", personas en sillas de rueda y otras con bastones y perros guía que formarían el primer contingente de la Marcha: el de gays y lesbianas con discapacidad, parejas de mujeres con sus pequeñas hijas e hijos, hombres y mujeres de todas las razas y etnias, formas y tamaños, hombres vestidos de cuero negro con cadenas y encajes, de vez en cuando algún saludo a la distancia de caras conocidas de filósofas, sociólogas, antropólogas, historiadoras y críticas literarias con quienes había compartido en congresos profesionales y de viejos compañeros de jornadas de lucha por la independencia de Puerto Rico, contra la guerra de Vietnam, por los derechos civiles de la población afroamericana, por derechos iguales para las mujeres y tantas otras luchas cívicas, reinvindicativas, revolucionarias de las cuales lesbianas y gays hemos sido siempre parte. Y también hay que decirlo, muchos aliados y aliadas, heterosexuales de firmes convicciones humanistas y democráticas con sus pancartas y cruzacalles denunciando el odio y la intolerancia contra los gays y lesbianas y exigiendo el fin a la discriminación. De especial impacto para mí fue un grupo de sobrevivientes del Shoah, el Holocausto de 6 millones de judíos y judías por la barbarie nazi, con banderines de "Ni una víctima más de la intolerancia" y "Nadie será libre hasta que todos seamos libres".
 
Cómo describir el efecto sobre un ser humano que toda su vida ha escuchado a través de los medios, desde los púlpitos, en su hogar, de familiares y amigos, de supuestos especialistas, que ser lo que es y se calla es una abominación, una perversión, una enfermedad, un vicio, una sinvergüenzura, algo anormal y antinatural, escuchar por primera vez que lejos de ser todo lo anterior, es algo que es digno de proclamarse públicamente, algo de lo cual debe sentirse orgulloso, algo que merece ser respetado.

Comprobar de primera mano que como él y como ella hay miles, cientos de miles, de seres en su país. ¡Qué sentido de poder y de liberación personal! Ruth, una compañera judía americana que viajó a mi lado de regreso a Philadelphia, sintetizaba la capacidad liberadora de la visibilidad gay: camino a Washington temprano en la mañana iba nerviosa, asustada, dudando la cordura de su decisión de participar- hasta consideró bajarse del bus cuando paramos en el camino por un refrigerio; en la marcha ojos grandes, incrédulos, muchos wows!, lágrimas sanando viejas heridas cuando nos topamos con los sobrevivientes de los campos de concentración, y de regreso en la noche cantaba, reía, hasta creo que se veía más alta.

Tras la experiencia con la primera marcha, una cosa quedó clara: había que aprovechar el momentum generado por la segunda marcha para pasar a la ofensiva, ser pro-activos y eficaces en nuestras demandas a nivel local, regional y nacional. Por doquier germinaron nuevas organizaciones locales y nacionales y surgió la idea de conmemorar anualmente el día de la marcha con una salida masiva del clóset por considerarse que es la visibilidad la que rompe las cadenas personales a la vez que los estereotipos que alimentan los prejuicios y la discriminación.
 
El primer Día Nacional para Salir del Clóset se celebró en 1988 en 18 estados; dos años después la celebración se extendió a los 50 estados de la Unión Americana y a 7 países, hoy día se celebra en 20 paises.
 
No es un día de marchas ni de grandes actos multitudinarios sino un día para hacer especial hincapié en la importancia de revelar nuestra identidad gay a familiares y amigos, en el trabajo y en la escuela, en nuestra comunidad y en las asociaciones cívicas, profesionales, sindicales, deportivas, religiosas, culturales y de negocios a las cuales pertenecemos. Un día para marcar desde ahora en el calendario y comenzar a planear nuestro gran evento de liberación personal.

 
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