El 14 de octubre
de 1979- exactamente 10 años después de la Rebelión
de Stonewall y el nacimiento del movimiento moderno
por los derechos civiles de las minorías sexuales-
se celebró la 1ra gran marcha a Washington, DC por
los derechos gay. La decisión se tomó al calor de la
indignación provocada por el asesinato del miembro
de la Junta de Supervisores de San Francisco Harvey
Milk- primer político electo en los E.U.
abiertamente gay- y la sentencia ridícula dada a su
asesino confeso, el también supervisor Dan White.
Marcharon más de 100,000 personas de todo Estados
Unidos y delegaciones de 10 otros países.
A pesar de la demostración de
fuerzas de ese 14 de octubre y del trabajo
diario a nivel local por decenas de asociaciones
gay y lésbicas en todo el país, muy poco cambió
en los años siguientes. Se mantenían las leyes
contra la sodomía que penalizaban el sexo entre
personas del mismo sexo con penas de cárcel que
llegaban hasta 20 años en algunos estados.
Seguía siendo legal y socialmente aceptable la
discriminación contra lesbianas y gays en los
centros de trabajo y estudio, en el acceso a
servicios públicos y privados y en el alquiler y
compra de viviendas, entre otros. Continuaban
sin reconocerse las parejas del mismo sexo con
todos los efectos discriminatorios adicionales
que ello conlleva.
La pandemia del SIDA continuaba
atacando de forma desproporcionada a los HSH
como resultado de la homofobia en sus diferentes
manifestaciones- desde la internalización de los
mensajes negativos de la cultura con el
consiguiente daño al ego y autoestima y las
conductas autodestructivas a las cuales puede
llevar, hasta la política criminal de la
administración del Presidente Reagan que trató
la enfermedad como una aliada enviada por el
mismísimo Dios para deshacerse de "indeseables"
(homosexuales, prostitutas y usuarios de
drogas).
La decisión de 1986 de la Corte
Suprema de los Estados Unidos en el Caso Bowers
v. Hardwick mediante la cual se mantuvo la
constitucionalidad de las leyes contra la
sodomía, desconociendo de paso el derecho de
gay's y lesbianas a la privacidad fue el llamado
de atención a la necesidad impostergable de
redoblar la lucha, extenderla y profundizarla.
En reacción a esa decisión nació la idea de una
2da gran marcha sobre Washington que tenía que
ser más multitudinaria, más militante, más
demostrativa de que no íbamos a cejar en nuestra
lucha hasta alcanzar el pleno reconocimiento de
nuestros derechos civiles.
El 11 de octubre de 1987 (para
ver la nota periodística de The New York Times,
hacer click aquí)
descendieron sobre la capital, desde todo lo
largo y ancho de la geografía estadounidense,
buses con triángulos rosa- el símbolo más
reconocido del movimiento gay antes que se
popularizara la bandera arcoiris. De todas las
estaciones del Metro cercanas al punto de
encuentro en el Mall fluían marejadas humanas
con triángulos rosa en banderines, camisetas,
gorras; hombres de saco y corbata tomados de la
mano, enfermeras uniformadas que después
veríamos marchar tras la bandera de "Asociación
de Enfermeras Gay", personas en sillas de rueda
y otras con bastones y perros guía que formarían
el primer contingente de la Marcha: el de gays y
lesbianas con discapacidad, parejas de mujeres
con sus pequeñas hijas e hijos, hombres y
mujeres de todas las razas y etnias, formas y
tamaños, hombres vestidos de cuero negro con
cadenas y encajes, de vez en cuando algún saludo
a la distancia de caras conocidas de filósofas,
sociólogas, antropólogas, historiadoras y
críticas literarias con quienes había compartido
en congresos profesionales y de viejos
compañeros de jornadas de lucha por la
independencia de Puerto Rico, contra la guerra
de Vietnam, por los derechos civiles de la
población afroamericana, por derechos iguales
para las mujeres y tantas otras luchas cívicas,
reinvindicativas, revolucionarias de las cuales
lesbianas y gays hemos sido siempre parte. Y
también hay que decirlo, muchos aliados y
aliadas, heterosexuales de firmes convicciones
humanistas y democráticas con sus pancartas y
cruzacalles denunciando el odio y la
intolerancia contra los gays y lesbianas y
exigiendo el fin a la discriminación. De
especial impacto para mí fue un grupo de
sobrevivientes del Shoah, el Holocausto de 6
millones de judíos y judías por la barbarie
nazi, con banderines de "Ni una víctima más de
la intolerancia" y "Nadie será libre hasta que
todos seamos libres".
Cómo describir el efecto sobre un
ser humano que toda su vida ha escuchado a
través de los medios, desde los púlpitos, en su
hogar, de familiares y amigos, de supuestos
especialistas, que ser lo que es y se calla es
una abominación, una perversión, una enfermedad,
un vicio, una sinvergüenzura, algo anormal y
antinatural, escuchar por primera vez que lejos
de ser todo lo anterior, es algo que es digno de
proclamarse públicamente, algo de lo cual debe
sentirse orgulloso, algo que merece ser
respetado.
Comprobar de primera mano que como él y como
ella hay miles, cientos de miles, de seres en su
país. ¡Qué sentido de poder y de liberación
personal! Ruth, una compañera judía americana
que viajó a mi lado de regreso a Philadelphia,
sintetizaba la capacidad liberadora de la
visibilidad gay: camino a Washington temprano en
la mañana iba nerviosa, asustada, dudando la
cordura de su decisión de participar- hasta
consideró bajarse del bus cuando paramos en el
camino por un refrigerio; en la marcha ojos
grandes, incrédulos, muchos wows!, lágrimas
sanando viejas heridas cuando nos topamos con
los sobrevivientes de los campos de
concentración, y de regreso en la noche cantaba,
reía, hasta creo que se veía más alta.
Tras la experiencia con la primera marcha, una
cosa quedó clara: había que aprovechar el
momentum generado por la segunda marcha para
pasar a la ofensiva, ser pro-activos y eficaces
en nuestras demandas a nivel local, regional y
nacional. Por doquier germinaron nuevas
organizaciones locales y nacionales y surgió la
idea de conmemorar anualmente el día de la
marcha con una salida masiva del clóset por
considerarse que es la visibilidad la que rompe
las cadenas personales a la vez que los
estereotipos que alimentan los prejuicios y la
discriminación.
El primer Día Nacional para Salir
del Clóset se celebró en 1988 en 18 estados; dos
años después la celebración se extendió a los 50
estados de la Unión Americana y a 7 países, hoy
día se celebra en 20 paises.
No es un día de marchas ni de
grandes actos multitudinarios sino un día para
hacer especial hincapié en la importancia de
revelar nuestra identidad gay a familiares y
amigos, en el trabajo y en la escuela, en
nuestra comunidad y en las asociaciones cívicas,
profesionales, sindicales, deportivas,
religiosas, culturales y de negocios a las
cuales pertenecemos. Un día para marcar desde
ahora en el calendario y comenzar a planear
nuestro gran evento de liberación personal.
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