El amor gay, un acto frágil y voluntario
5 de noviembre 2006
Por Vladimir Charry
Terminar una relación es como arrancarse una piel ya marchita, y cansada; es quitarse de encima una historia a la cual se le ha apostado mucho, pero por sobretodo, es permitirse otra historia, una nueva, distinta. |
 Enamorarse es un hecho que simplemente sucede |
Terminar es siempre una experiencia que exige control y tranquilidad, pero sobre todo, es una posibilidad para poner a prueba la premisa más importante del amor: que éste es un acto voluntario, que cambia, que es frágil y que se sustenta en dos, no en la presión, la lástima, o el chantaje de uno de los jugadores.
Es una premisa simple, pero pesada y compleja; una premisa fácil de entender, pero muchas veces difícil de apropiar. Básicamente porque hemos crecido con una imagen muy idealizada del amor, le hemos dado muchas obligaciones, entre ellas, ser eterno, aguantarlo todo, perdonarlo todo, esperar hasta siempre, cambiar al otro, y la más dura, sostenerse a pesar de las circunstancias que envuelven la vida de cualquiera de los involucrados.
Es desmantelar la idea del amor romántico, más bien, proponer el amor real, el del día a día, el que a todos nos toca; no el de las películas con finales felices, sino ese amor que debe enfrentarse en lo cotidiano, ese que corre por las venas, que se unta de sangre, un amor sin efectos especiales, más bien, humano y defectuoso.
Si bien es cierto que el amor es una posibilidad de encuentro, olvidamos que ese encuentro no es sólo entre dos, sino entre muchas otras circunstancias que a veces no está en nuestras manos manejar.
De pronto, hay dos personas que al conocerse encuentran sincronía en sus vidas, pero más tarde, los planes de uno u otro pisotean sin querer los deseos compartidos. Otras veces, la misma idea de pareja se modifica en la cabeza de uno de los dos, y el compañero de años ya no responde a esas expectativas.
En fin, gracias al cielo las personas mutan, cambian y con ellas las circunstancias que las rodean, algunos logran poner esas circunstancias a favor de los dos, pero otros pierden, y deben salir del camino. Se estrellan y si han desdibujado su vida, convirtiéndola absolutamente en una vida compartida, pueden terminar en un abismo, del cual sólo puede salir por sí solo.
Algunas veces esa separación llega de sorpresa, allí el shock parece consumirnos la paciencia, el buen juicio y hasta el equilibrio para levantarnos de la cama. Las lágrimas se salen sin llamado, y corren tranquilas por una cara asustada e incapaz de contenerlas. La culpa, el dolor y las preguntas se llevan el sueño, y hasta la tusa anoréxica –una de las tantas modalidades- nos puede dejar en lo huesos.
Otras veces la relación sufre un desgaste, algo así como un estado terminal que nos avisa de antemano que el final está por llegar; ese duelo anticipado a veces hace más fáciles las cosas, o convierte la vida en un tedio absoluto si el infarto final y fulminante de la relación no se produce rápidamente.
Algunas veces porque estamos muy asustados frente al hecho de quedarnos solos, o a veces porque la relación ha sido tan bonita que creemos que jamás se repetirá una experiencia como esa. Sin embargo, el final, o los finales sucesivos se dan y estamos fuera del juego.
En algunos casos, el otro simplemente se cansa de compartir; sueña ahora otras cosas, de otra manera.
Pero a veces el engaño está presente, y allí el dolor es más profundo. Muchas veces somos testigos de primera mano de ese hecho, otras veces, ese engaño se filtra por entre la boca de los demás, y llega a la nuestra con un sabor ya amargo y casi imposible de tragar. Ser testigo parece ser mejor, más morboso, más punzante, pues el sabor que deja la prueba del delito en nuestros ojos, parece a veces ayudarnos a decir adiós sin tanto peso en las manos.
En fin, por lo que sea, ellos se van. La casa queda vacía, sin sus voces, sin el aire oliendo a sus pieles. La casa no habla, se queda callada mirándonos porque sabe que si hablara nos haría más daño. Todo queda de a uno, el cepillo, el desorden y a pesar de que nuestras cosas parecen tener más espacio en el lugar, a veces se extraña la presencia del otro, sobretodo, si el engaño no fue protagonista. Si lo fue, se siente algo distinto, se sienten los recuerdos pero la nostalgia no tiene lugar.
Se ha regresado a la libertad, a la posibilidad de salir y toparse con otro sin remordimientos. Ha vuelto la opción de decidir lo que se quiere hacer a solas. Se abre de nuevo el perfil en el Chat, y algunos sacan del clóset cosas que al otro no le gustaban para darse gusto.
La rumba regresa, a veces, para quienes aún la disfrutan, pero vuelven a su vez los cuestionamientos, los desaires y las frustraciones de intentos fallidos, porque el acelere nos invita a buscar y buscar torpemente, a perder el rumbo, y a creer que el amor lo venden en vitrinas o lo traen a domicilio.
No. El amor anda por ahí, camina invisible por las calles, a veces lo encontramos, a veces nos pasa cerca pero se va de nuevo; y sólo en el momento menos esperado lo besamos en la boca para devorarlo entero y volver a sentirlo.
La situación se hace más compleja cuando se ha caminado un sendero más largo en la vida, en pocas palabras, cuando se tienen más años: se tienen maletas más llenas para mostrar al nuevo prospecto, se cargan más mañas, se quieren cosas específicas, y eso hace más pausada la búsqueda. Pero que más da, sería más triste tener las maletas vacías.
En fin, enamorarse de nuevo es un hecho que se desea pero que no puede convertirse en un fin, simplemente sucede, no se sabe cuando. Pero antes de enamorarse nuevamente, mientras estamos solos, es urgente aclarar en la testa que el amor es una oportunidad finita, que las personas vienen y van, y que actualmente, más que nunca, los sueños de cada cual parecen ser más individuales y más difíciles de negociar. Que hoy el sacrificio de los deseos no siempre es una constante, que en pocas palabras, la gente se va del lado, y eso no es bueno ni malo, es simplemente este momento, algo así como “el amor en los tiempos de la libertad y la individualidad”.
Es importante también, aprender que el amor es un acto voluntario, un impulso que le nace a cada uno desde sus entrañas, y que no puede ser motivado o inducido por alguien desde afuera, desde el artificio. Entender que quien quiere estar, está, y que forzarlo a permanecer perenne junto a otro, es un crimen, porque eso asfixia al amor real, al que se siente, al que no posa o se pretende.
A pesar de ello, no es justo robarle la magia al amor, es importante no dejar de amar desde la utopía, apostarle todo sin perder de vista que es utopía. “Ella” nos permite soñar que el amor podría ser para siempre, podría ser incondicional, podría ser sólo entre los dos. A pesar de la oferta de hombres y estereotipos que nos rayan la cabeza y nos llevan a querer tener a más de uno. A pesar de la naturaleza light de las relaciones actuales. A pesar de tanta libertad. A pesar de todo.
Por Vladimir Charry
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