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Dónde estará
mi lugar, me pregunté. Saqué las revistas -esas que hablan
de encontrar amigos o al amor de tu vida-, que tantas veces
había leído. Pasaron las hojas, tan rápidas como el
segundero del reloj verde en la pared (tan verde como mi
madurez). Llegué a la columna de contactos. Primero me
encontré con la sección de "ellas", que pasé
velozmente; luego apareció la de "ellos"; seguí,
me detuve en la de "los otros". Hice un paneo, cual
Michael Douglas a Sharon Stone en "Bajos instintos",
con la única diferencia que el atractivo no era fémino, y me
empecé a cuestionar un sinfín de tonterias,
"seguro que esos "otros" son todos unas
mariquitas, gordas, feas, pervertidas", y las más
imaginables fantasías horrorosas que pueda crear en su mente
un veinteañero escondido en su tormentoso interior gay.
De pronto algo
me llamó la atención. Leí "Privados de la
libertad". No supe muy bien por qué, pero me sentí
inmediatamente identificado. Era la frutilla del pastel.
Ese rojo sangre que tanto atrae y que me carcomió los nervios
en un instante. Entonces entendí: estaba decidido a encontrar
mi lugar gay en el mundo, y curiosamente, éste estaba fuera
del mundo (del mundo real que todos conocemos), en la prisión.
Una prisión que coincidía con mi mundo interior y que
encerraba innumerables misterios. Yo estaba privado de liberar
mis sentimientos, aunque mi condena era autoimpuesta.
Escribí
alrededor de veinte cartas. Recibí respuestas de quince
penados. Esas quince respuestas abrieron un espacio, un lugar
de confesiones, que ni el párroco de la iglesia hubiese
logrado con toda su parsimonia y su carisma. Entonces
aparecieron las preguntas: ¿qué esperan de mí?, ¿qué
espero yo de ellos?, ¿era amistad lo que yo tanto ansiaba?...
En parte sí, esa extraña amistad con lo desconocido,
descubrir lo nuevo, lo diferente. Y precisamente lo mío era
diferente. Y en parte no, porque yo esperaba que, tal vez, algún
día, algún encuentro podría brindarme la ocasión de lograr
los 4 brazos - 4 piernas que cuenta la leyenda.
Por suerte el
feed back se intensificó con el tiempo. Las cartas llegaban a
(y venían de) varios puntos oscuros del país: oscuros de
amor, oscuros de comprensión, oscuros en miedo. Los secretos
florecían en cada intercambio, en cada "confesión"
propia o ajena. Me hice confidente de un violador (aún
conservo un poema de amor que me envió); pobrecito estaba muy
afectada su mente y vivía un tormentoso infierno donde estaba
encerrado. Compartí intensas charlas escritas con varios
ladrones; los más copados y un tanto exagerados para relatar
sus "hazañas". Me asombró lo que expresó un cómplice
de asesinato. Lo terrible del asunto fue imaginar sus lugares,
los padecimientos que vivieron en su infancia villera -la
mayoría-, los asientos (sus corazones) vacíos en los días
de visitas, el abandono paulatino de familiares, novias y
esposas ("llega un momento que el reo y las visitas se
cansan. Por eso voy a aprovecharte mientras pueda y mientras
dure" me confesó uno de ellos), y lo más trágico de
todo, la incertidumbre en el dictamen de una condena, los
malos tratos de los cobanis (guardiacárceles), la pirámide
que glorifica a unos pocos y traumatiza, cuando no degrada, al
resto. Conocí la angustia de los que no reciben solidaridad
alguna, aquellos para los que yo representaba todo (que no
eran más que mis palabras y alguna esporádica visita). Lloré
por las requisas irrumpiendo las madrugadas y destruyéndolo
todo. Observé la ceguera de los funcionarios, que prefieren
no ver y se olvidan... y así pasan los años y los
delincuentes se multiplican.
A través de
las esquelas primero, y de las visitas después, aprendí el
vocabulario carcelario (ranchada: el grupo de unos cuantos que
se apoyan entre sí, ñeri: compañero, mulo: el preso
sometido, esclavo de favores materiales y sexuales, poronga:
el capo, el más imponente) pero nunca escuché la palabra
AMISTAD. Supe de los códigos que nadie puede ignorar ni
transgredir. Entendí los lamentos de los marginados por
padecer el sida, de los violadores violados, de los débiles
que deben someterse al acoso del más fuerte y conocí (porque
se la respira cuando uno entra en un penal) la degradación de
todos.
Y si ese no
era mi lugar, mi lugar empezaba a asomar. Mis códigos
secretos, carceleros de mi voluntad, querían liberarse y
pronunciarse: "¡Soy gay!", "¡Soy gay!"
"Soy gay!".
Aquella fantasía
de encontrar "algo más", aunque fuera tras las
rejas, todavía me excitaba. Yo tenía mucho por delante para
madurar mis sentimientos y ellos estaban, secretamente,
reservados para mí.
Continué con
mis cartas. Conocí a algunos personalmente y fueron, por fin,
MIS AMIGOS. Yo me sentía por primera vez en un lugar, mi
primer lugar ganado con la ilusión, con la liberación de mis
angustias, y mi dolor.
Había perdido
el miedo.
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