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Entre dos tierras: Orgullosamente homosexual


Muchas veces ser homosexual en Guatemala equivale a vivir escondido. La intolerancia les obliga renegar de sí mismos. Esta es la segunda historia de la serie “Entre dos tierras”. La semana pasada conocimos a Ixkik Zapil que tuvo que esconder su identidad maya ante el racismo, y hoy a Jorge López, a quien la discriminación lo obligó a dejar su ciudad natal.

La maestra en el colegio le ató la mano izquierda a la espalda y obligó a la derecha a encontrar fuerza para guiar los trazos. Jorge López sabía que su mano derecha nunca haría letras tan perfectas como las que hacía con la izquierda, pero también sabía que ser zurdo era malo. Lo dijo la maestra. Y el padre aseguró que era malo que un niño jugara con muñecas y que era muy malo que usara camisones como los que visten las niñas. Y entonces Jorge empezó a pelear con la naturaleza y a exigirle a una mano incapacitada que trabajara, y a exigirse a sí mismo que no le gustara la muñeca, que no se le antojara peinarla y vestirla.

“La homofobia más dañina es la interiorizada” dice el Jorge adulto, el que superó un infierno de pruebas para lograr ser quien es, “por el daño social que hemos recibido intentamos mostrar que no somos quienes realmente somos y empezamos a hacer actos autodestructivos”, cuenta. Al igual que Ixkik Zapil, que ante el racismo prefirió fingirse ladina, muchos homosexuales intentan ocultarse y llegan a despreciarse a sí mismos por ser algo que para la sociedad no está bien. Pero nadie puede vivir en una caverna toda la vida, se sale, siempre se sale y a veces la salida es tan dolorosa como el encierro.

A los diez años, una noche en que su madre salió, Jorge aprovechó para colarse en su cuarto y sacar sus pinturas. Se llenó los párpados de colores y la boca le brillaba roja. Estaba feliz, se pasó un largo rato jugando hasta que el sueño lo fue venciendo y se quedó dormido. Cuando la madre volvió no pudo hacer nada, no había tiempo de correr al baño a limpiarse la cara y borrar el delito. La reprimenda fue fuerte, pero la madre le aclaró algo: no te estoy regañando por que te hayas pintado, te estoy regañando porque usaste mis pinturas sin permiso. El niño descubrió entonces a un cómplice, alguien que, aunque nunca lo contó claramente, lo entendía. “Tú eres distinto” le dijo una vez, “por eso tienes que tener mucho cuidado”, ya auguraba el futuro difícil que le esperaba al pequeño.

Una tarde, ya de adolescente, cuando el padre abrió la puerta se topó con una imagen que le destrozó los nervios. Su hijo estaba sentado en la cama viendo una telenovela, llevaba puesto un camisón y en sus manos las agujas de crochet; se movían con soltura. No sabía por dónde empezar a reprocharle, si por la telenovela, por el camisón o por el tejido. Sintió que hacer las cosas que a él le parecían tan normales era algo malo. Sintió que él era algo malo. Pocos años después falleció su madre y entonces ya no había cómplice, empezó la soledad.

En el colegio, los compañeros le preguntaban por qué no enamoraba a ninguna chica. Cada fiesta era un suplicio, todos llevarían pareja y a él no le daban ganas de invitar a ninguna, a él le gustaban los hombres. La presión al final fue tanta que se hizo de una novia y fingió ser lo que no era. De mayor vivió por tres años con una mujer hasta que se dio cuenta de que no podía seguir así y decidió empezar a salir del clóset. Primero se lo contó a su hermana mayor, que era psicóloga. Pensó que ella lo entendería pero la mujer soltó a llorar.

Nadie lo tomó bien. Se encontró entonces más solo que nunca. Necesitaba alguien con quién hablar, un abrazo, una mano que le secara las lágrimas. Y empezó a buscar a chicos que le curaran la soledad. “Muchas veces salía a buscar a alguien con quien hablar y resultaba en una cama teniendo relaciones sexuales” recuerda. “Cuando fui creciendo me di cuenta de que probablemente fui víctima de explotación sexual. Se vive muchísima soledad. Uno necesita a veces una caricia, ver una película con alguien, sentir que no está solo, pero el precio de no estar solo es tener relaciones sexuales. La sociedad nos ha criticado a los homosexuales por nuestra conducta sexual, pero no se dan cuenta que esa conducta sexual es motivada por la opresión en la que vivimos”.

La vida en Quetzaltenango se fue volviendo cada vez más complicada, “sentía que no podía respirar”, así que decidió irse, buscar un sitio donde la gente no le señalara con el dedo. Consiguió empleo en un ingenio en Escuintla y creyó que las cosas allí serían mejores, pero se equivocaba, la discriminación era todavía más fuerte. Optó entonces por viajar a Estados Unidos, buscar las grandes ciudades donde las mentalidades retrógradas fueran menos y la gente aceptara a los diferentes sin tantos problemas. Y fue allí donde por fin pudo ser homosexual… pero no podía ser latino. La discriminación entonces no era por gay, sino por guatemalteco. Volvió a su país. Pero volvió con un plan: luchar porque los derechos de las personas de la diversidad sexual sean respetados.

No ha sido fácil, ha visto a muchos amigos morir. A su asistente, una transexual, la asesinaron, y a cada poco recibe insultos solo por ser homosexual; llegaron incluso a secuestrarlo. A principios de siglo se dispuso a concienciar a los policías sobre la homofobia y a tratar de cambiar su rechazo por los homosexuales. Ofrecía charlas a las Comisarías y puede que a muchos el mensaje les haya llegado, pero a otros les enfureció. Una tarde le agarraron por la espalda y lo subieron a la fuerza a un carro. Logró soltarse y lanzarse del vehículo. “Si me hubieran querido matar me matan, pero ahora sé que lo único que querían era callarme”. Reconoció a los que le secuestraron como policías.

Vivir en una sociedad donde no se le permite ser quien es, es vivir en un campo minado, pisar siempre con cautela porque en cualquier momento se puede activar una bomba. No hay posibilidad de correr, de dar saltos, de sentir el viento en el cabello. “Es como una manzana que se va carcomiendo por adentro” ejemplifica Jorge “luego tiene un golpe y se destruye completamente. Hacemos nuestra vida en unos castillos en el aire que se caen en cualquier momento. Durante mi infancia y mis primeros años de vida adulta logré fingir que no era gay, traté de camuflarme diciendo que era heterosexual y así logré conservar un espacio para poder respirar”.

La discriminación, el racismo y el rechazo crean seres humanos de molde “y todo lo que se sale de ese modelo es criticable y destruible”, dice Jorge. Han pasado años y su vida no ha sido precisamente fácil, pero ha logrado concienciar a muchas personas y eso lo anima, está desminando el camino para los niños que hoy empiezan a ver con anhelo una muñeca.

Hombres de molde

Carlos había obtenido el trabajo después de pasar por un sin fin de pruebas. Tenía un mejor currículum, la mejor puntuación en los exámenes, solo le faltaba una entrevista. “Algo de rutina” le dijo la secretaria. En cuanto entró su futuro jefe arrugó la nariz, una grueso pliegue se formó en medio de sus cejas. “Disculpe ya contratamos”, le dijo sin siquiera dejarle hablar. “¿Pero cómo si yo soy el mejor calificado?”, preguntó Carlos. “Aquí no aceptamos huecos”, le dijo el tipo y lo echó. En un salón de belleza pedían plaza para una estilista y cuando llegaban hombres a solicitarlo muy amablemente les decían que no, que el trabajo era para un mujer. “¿Por qué?”, preguntó uno de ellos, “Porque la jefa dice que todos los peluqueros hombres son homosexuales y no quiere desviados aquí” fue la respuesta. No son casos aislados, la discriminación contra las personas de la diversidad sexual se da todos los días.

“La homofobia es social, es como el machismo, se respira”, cuenta Jorge López. Eso propicia que muchos tengan que vivir en el clóset, y vivir en el clóset, ya se sabe es vivir en la oscuridad, con el espacio mínimo para respirar y sobrevivir.

Miriam Karenina Obando realizó un estudio con un grupo de hombres homosexuales para ahondar sobre la discriminación que se vive en el país, la investigación fue su tesis de Trabajo Social y determinó, entre otras cosas, que el 98 por ciento de los gays son víctimas de “rechazo, burlas, insultos, bromas pesadas, expresiones de odio, miradas de extrañeza así como menosprecio al caminar por la calle o al subir a los buses”.

Si la sociedad se encarga de reírse y despreciar a alguien por su preferencia sexual la persona tiende a sentir que está mal y a despreciarse también a sí misma. De ahí que salir del “clóset” se vuelva tan complicado para muchos. Porque en muchos casos salir del clóset significa quedarse solos. Obando dice que solo el 19 por ciento de los gays son aceptados por su familia. Es decir que suelen perder a su núcleo familiar, y como la ley no les permite casarse tampoco pueden formar una nueva familia. “Se nos niega el derecho a la familia”, dice López.

Los psicólogos Raúl Cuesi y Saida Ortega hicieron una investigación con homosexuales en Guatemala, y concluyeron que el 93 por ciento de las personas entrevistadas “manifestaron que en el hogar o la familia es donde mayor número de manifestaciones homofóbicas reciben”. Los mismos investigadores cuentan que es común que las personas homosexuales “oculten o traten de que no se note su orientación sexual, para evitar el rechazo o la agresión del resto de la sociedad. Vivir en forma permanente en estas condiciones genera en muchos casos problemas de salud tanto física como mental, siendo frecuentes los casos de personas afectadas por angustias, depresión y neurosis”.

Jorge tuvo que salir de su ciudad natal para tratar de ser lo que en realidad era y no seguir fingiendo. No fue fácil y es el caso de decenas de guatemaltecos. “El año pasado hice una investigación en seis cabeceras departamentales y me encontré un escenario más o menos igual que al de hace 20 años aquí en la capital, son discriminados de una forma bárbara, el atraso es terrible. En el oriente están en condiciones infrahumanas por el machismo”, explica López.

Ir a una institución pública es, a veces, un suplicio para los homosexuales y transexuales. Obando encontró que el 92 por ciento es discriminado cuando asiste a solicitar servicios básicos. Es frecuente en las clínicas y hospitales. “El 18 por ciento de los homosexuales tiene VIH” cuenta López, “uno de cada cinco de nosotros está enfermo. Entonces la gente me ve en la calle e inmediatamente piensa que soy sidoso”.

El alto porcentaje de esta enfermedad entre homosexuales se da, de acuerdo con López, por la misma presión y discriminación de la sociedad: “como estamos siendo obligados a comportarnos heterosexualmente, esto hace que más mujeres y niños vayan adquiriendo el VIH. Si me obligan a estar casado y yo tengo VIH este se le va a pasar a mi esposa y a mis hijos, es una cuestión de epidemiología muy clara, pero que en el país no se comprende. Antes eran 7 hombres por cada mujer con VIH, actualmente son 2.23 mujeres, la brecha se está cerrando” cuenta.

“El que se burla de otro tiene algún problema emocional, porque el que está bien consigo mismo no tiene que atacar a nadie”, explica el psicólogo Enrique Campang. “Eso se llama en psicología la egosintonía, en un estado de paz consigo mismo no tiene que molestar a nadie, pero son los egodistónicos los que agraden al otro”.

Dice Gombrowicz que “cuanto más torpe y estrecha es la opinión tanto más se nos vuelve importante, justamente como un zapato estrecho y mal ajustado”.

Jorge López es un guatemalteco sin derecho a tener una familia. La ley se lo prohíbe. Pero la tiene. Se mudó a vivir con su novio y adoptaron una gatita. La sociedad le da bofetadas, pero no importa, sigue en las calles denunciando policías abusadores, concientizando a los demás sobre el uso de preservativo y tratando de prender una luz en una ciudad a oscuras.

Fuente: El Periódico de Guatemala, Domingo, 8 de julio 2012