Dom15072018

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Mamá, soy gay


Para Alex y la pequeña que anoche le descuajeringó el esquema a su mamá.

Cuando la mamá de mi queridísimo Alex se enteró que era gay, lo persiguió con una escoba por todo el departamento. Tranquilos, no la juzguen a la primera. Estamos hablando de hace más de 30 años. Desde entonces, mucha literatura, terapia y viajes que ilustran han pasado por la historia de vida de estos dos entrañables personajes.

Su papá, en cambio, lo tomó no tan mal. Sorprendente para la época, me parece. No obstante, el que no hiciera mayor aspaviento no libró a Alex de pasar una juventud bastante turbulenta producto del implacable rechazo a que se sometía entonces a la comunidad lésbico-gay. Hoy lleva una relación familiar de amor y respeto que costó décadas construir.

Hace unos 15 años, la mamá de una amiga muy querida se enteró que su hija era lesbiana. La corrió de su casa. Mi amiga tuvo la suerte de dar con un grupo de amigos y compañeros de trabajo para los cuales la homosexualidad es algo normal, cotidiano, nada del otro mundo, pues. Ahí fue arropada, integrada, protegida y en ese círculo conoció a la mujer de su vida.

Con el tiempo, la relación con su mamá mejoró y hoy son buenas amigas. Les ha tomado años entenderse y respetarse, y sobre todo, perdonarse.

Hace unos meses, el mejor amigo de la big sister informó a sus compañeros de escuela que es gay. Emocionado, esperó a la hora de la salida a que todos estuvieran en la formación para hacer el anuncio oficial. Sus amigos más íntimos ya lo sabían y recibieron la notificación sin asombro. El resto lo vio chido, biiien y hasta cool.

El susodicho parece estar entrenando con sus amigos el momento de decírselos a sus papás. Tiene el miedo normal de estos casos, aunque conociendo a sus padres no dudo que ellos ya sospechen algo y estén preparados para lo que viene.

Anoche, una entrañable amiga me llamó. Me contó en estado de shock que su pequeña hija de 11 años le confesó que es lesbiana. Que se había dado cuenta el pasado domingo, cuando entendió por fin que la obsesión que sentía por su mejor amiga era amor. Que le pidió que no se lo dijera todavía a su papá.

Mi amiga y su esposo son una pareja muy open mind, alivianada. Respetuosos de los derechos humanos e impulsores de que éstos se ejerzan y eso incluye el respeto y el reconocimiento de la comunidad homosexual. Pero una cosa es aceptar que los gay existen y tienen derechos, y otra muy distinta aceptar y entender que tu hija lo es.

Hablar conmigo le sirvió para ordenar sus pensamientos y clarificar sus sentimientos. En lo profundo de su corazón, ella ya lo sabía. Había algo en la manera de ser y actuar de su hija cuando estaba con su amiga del alma, que en varias ocasiones pensó en la posibilidad.

Así que cuando su hija se lo contó, se le salieron un par de lágrimas que contagiaron a la pequeña. Intentó guardar la compostura y le explicó que no pasaba nada, que está muy niña todavía y que tiene toda la vida por delante para ratificar o rectificar lo que ahora siente. Que esta prematura definición no tendrá un impacto inmediato en su vida cotidiana y que ya habrá oportunidad de ocuparse de eso después, dentro de algunos años.

Lo que a mi amiga le importaba decirle en ese momento a su hija es lo mucho que la quiere. Ella, su papá y sus hermanos. Que nada va a cambiar. Que es aceptada y respetada. Y que, desgraciadamente, hay que educar a los demás, incluso de la familia extendida. Los abuelos, los tíos, los primos. Y que si esa familia, o esos amigos, o esos maestros o esos vecinos no entienden de lo que se trata, por ignorancia o prejuicios, pues muy su problema. Que se pueden ir muy lejos y no regresar. Que no tiene que aceptar nunca de nadie un maltrato ni la más mínima falta de respeto.

Cuando el esposo de mi amiga se enteró –ni modo de no decírselo- le tomó unos segundos procesarlo. Estuvo de acuerdo con que nada ha cambiado y que no había que tomarlo como un suceso extraordinario. El sábado pasado la niña cayó en la cuenta que le gustan más los chilaquiles que los hot cakes. Al día siguiente, que es lesbiana. Ya está. No pasa nada. Ya habrá tiempo de que lo platiquen padre e hija.

Lo que preocupa a mi amiga y a su esposo es lo que su hija tendrá que enfrentar fuera del círculo familiar. Que ellos son la excepción y no la regla. Que tienen que reforzar las herramientas que le han dado para que su seguridad y autoestima se mantengan incólumes ante la discriminación y la agresión de la que será objeto por parte de gente ignorante y prejuiciosa. Porque miserablemente la habrá. Y su preciosa niña, tan linda, tan lista, tan frágil, los tendrá que batear.

Y yo quiero que sepa esta maravillosa niña que no está sola. Que sabemos de su encanto y su valía y que su familia y sus amigos la vamos a acompañar. Que cuenta con nosotros siempre. Para lo que sea. Mi querida niña, no faltaba más.

Fuente: www.animalpolitico.com