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El
Apuro: Una angustiosa carrera
¿Podemos vivir más despacio?
María Eugenia Hassan
Agosto 18, 2005.
El
ser humano, sea éste un monje, forastero,
comerciante, vendedor, un viajero, un niño o un
viejo, no se enfrenta a otra misión que no sea
la de escuchar, observar, sentir y participar de
la vida. Es precisamente eso, un camino que
forjamos sobre la base de emociones.
El
mejor secreto para vivir despacio y al mismo
tiempo obtener resultados concretos de la vida
es vivirla de manera auténtica, siendo nosotros
mismos y dando a conocer a los demás nuestra
participación cotidiana en el mundo que
habitamos. Simplemente lo importante es lograr
proyectarnos claramente como personas, tener el
ánimo necesario para vivir y la vocación por
disfrutar de la vida.
Por
culpa del apuro no nos detenemos a pensar sobre
nosotros mismos, la gente va corriendo a todas
partes y a menudo no tiene tiempo ni siquiera
para plantearse a dónde va tan rápido. A veces
no lo quieren, pero las circunstancias de lo que
les rodea (el mundo laboral y sus exigencias, el
esfuerzo que hay que llevar a cabo para
conseguir los bienes que queremos tener, los
obstáculos que nos alejan de la maximización
de los recursos del tiempo, etc.) les lleva a
esa actitud nerviosa propia de quien está
acelerado.
El
apuro desmedido lo va ocupando todo y no deja
tiempo para concretar lo que realmente deseamos.
Los tiempos hiperkinéticos que vivimos nos
dejan muy poco tiempo para la reflexión de las
cosas, la comunicación electrónica, la
sobrecarga de información, la locura del tráfico,
las colas, los mensajes de texto, las llamadas
telefónicas, los problemas personales, los
estudios, el trabajo, las compras, las cuentas
por pagar y las cuentas ya pagadas y un largo
etcétera de cosas que hacer en este mundo que
nos ha tocado vivir.
El
apuro, además, genera violencia, el afán de
tener cada vez más cosas nos lleva a la prisa
porque el tiempo disponible es limitado, el
reloj no deja de andar y las oportunidades pasan
y se marchitan. Para tener mucho hay que correr
desde el principio: Elegir bien la opción del
bachillerato, la carrera más rentable, la
posibilidad laboral que no se debe dejar pasar
al precio que sea, la pareja conveniente, los cálculos
debidos para poder disfrutar con intensidad de
la vida y de las cosas. Por esos motivos, el
apuro provoca impaciencia, y ansiedad. La prisa
o el apuro es un deseo impaciente que trastoca
el valor del amor (quiere ser satisfecho sin
importar el estado de ánimo de la otra
persona), que no conoce la piedad y no cede
espacio para débiles, enfermos o fracasados,
que exige tenerlo todo ahora o nunca, es el
deseo impaciente que no sabe nada de reflexiones
sobre la vida y sus detalles.
La
prisa o el apuro se opone a la ternura, no hay
ternura apresurada, a la persona amada no se le
pueden dedicar apenas unos pocos minutos, y no
caben las caricias convertidas también en
gestiones (girando la muñeca inadvertidamente
para ver qué hora es, con el teléfono celular
conectado porque se espera una llamada
importante, incluso más importante que ese
encuentro amoroso). Tampoco resulta posible
educar a un hijo a golpe de cronómetro, sin
tiempo para esas preguntas sobre los temas
trascendentales que importan a cualquier niño,
y con cara de estar siendo interrumpido
constantemente. El apresurado cree descubrir su
derecho a ser el centro del universo, a ser
servido, y se queja por tonterías, por la
comida que se retrasa, aumentando la soledad en
la que habita. Quien tiene prisa difícilmente
tendrá estilo, caerá con frecuencia en la
falta de educación, en cambio, un individuo
educado cede el paso, excusan una conversación
excesivamente pragmática cuando el contexto no
es el conveniente; no corren detrás de un autobús
que se les escapa, sino que prefieren esperar al
siguiente, ni se juegan la vida (y la de otros)
adelantándose, no se molestan por tonterías.
Vivir
en la necesidad de la recompensa inmediata es
hacerlo subordinado a esta misma recompensa, de
modo que ese sujeto será esclavo de su propia
necesidad de bienestar, estará dispuesto a
cualquier servicio por conseguirlo, obedeciendo
a quien tenga el poder de distribuir los
placeres, vivirá una vida centrada en sí mismo
como sujeto de disfrute, pero ciego ante el
dolor o la necesidad ajena. No querer conocer el
dolor, no aventurarse a lo difícil, no
atreverse a mirar hacia la muerte, supone
desconocer la realidad y renunciar al desarrollo
de la inteligencia son características de un
individuo en apuros. Depender del grado presente
de placeres es carecer de un comportamiento
realmente libre, porque significa vivir
subordinado. La inteligencia y la libertad van
de la mano, y se enfrentan juntas contra la
prisa por lograr la recompensa.
La
vida del hombre acelerado es, en fin, una
existencia egoísta, empequeñecida en sus
posibilidades de crecer espiritualmente, amante
del pan y circo, a la larga, solitaria y
desesperada, porque la sombra del final de los
placeres es una amenaza constante.
De
esta forma, te sugiero que no te apures, no
vivas la vida con tanta prisa, es mucho mejor
vivir la vida con calma para disfrutarla
lentamente, pero con intensidad. Descansa sobre
el paso firme de tu constancia.
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