Computo ergo sum,
ésta parece ser la máxima de estos tiempos neotecnológicos. El
nuevo orden tecnocultural globalizado insta a individuos y
organizaciones a articular una nueva relación con el entorno de
cara a la consecución de objetivos económicos y sociales. Nuevas
formas de producción, de relaciones de producción, de consumo,
así como de actuación y de posicionamiento en el mundo. De ahí
que, en estos momentos, internet sea lo más parecido al Far West.
Buscadores de oro virtual, megaoperaciones en Bolsa, tiburones
financieros del ciberespacio que quieren llegar los primeros con
ingentes sumas de dólares para comprar a golpe de chequera las
mejores ideas, la mejor tecnología, los mejores portales y
situarse en una buena posición de salida para ganar dinero
cuando, tras la efervescencia, sólo los mejores sobrevivan y el
resto mueran.
Más allá de esta
focalización en los aspectos financieros y economicistas de la
Red, que reflejan clarísimamente los intereses prioritarios del
nuevo capitalismo global, internet es también un espacio
simbólico, es decir, político. El fenómeno innovador, por las
transformaciones sociales y políticas que implica, radica en que
la información se puede convertir en comunicación y en
relación, ya que la Red en sí misma crea un espacio propio (un
metaespacio) vivo y nuevo, sin fronteras, generado a través del
intercambio producido por las personas que accedemos a la red. Se
abren grietas en la estructuras de poder tradicionales y se
dinamitan las relaciones jerárquicas permitiendo las
multidireccionales.
Las nuevas
tecnologías son un reto también para la estrategia feminista y
para la intervención de las mujeres en el siglo que acabamos de
estrenar. Porque permanecer al margen, o estar sólo como usuarias
y receptoras, nos volvería a colocar en el lugar no deseado: en
el límite de los márgenes del mundo. Es necesario intervenir,
participar como creadoras de políticas diferentes que vayan
dibujando otras formas de hacer, otras maneras de nombrar, otros
lugares donde divertirnos, hablar y comunicar, otras relaciones
para trabajar, comprar, estudiar o amar.
Hay muchos
ciberfeminismos, tantos o más que los existentes en el mundo
real. Desde mujeres que plantean la necesidad de un activismo
acorde con las nuevas condiciones culturales -para introducir
cambios profundos en la sociedad, romper el sistema jerárquico de
poder y favorecer la estructura de redes que permita devolver a
las personas la gestión de su vida y sus deseos- hasta quienes
intentan desenmascarar los presupuestos sexistas y patriarcales
que hay detrás de los ordenadores y de la Red. Como dice Rosi
Bradiotti, una de las popes del feminismo telemático, "el
ciberfeminismo usa la tecnología para liberar nuestra
imaginación colectiva del falo y sus valores accesorios, como son
el dinero, la exclusión y la dominación, el nacionalismo, la
femineidad icónica y la violencia sistematizada".
Existe también un ciberfeminismo más pragmático, sobre todo
norteamericano, que suministra teleservicios a las mujeres e,
incluso, algún otro de carácter futurista que cuestiona la
existencia de los sexos en esta nueva era y defiende proyectos de
terceros sexos híbridos basados en prótesis cibernéticas.
Los telares, con el
sistema de las tarjetas perforadas, fueron los bisabuelos de los
actuales ordenadores. Ada Byron (no tan conocida como su padre
poeta), la primera persona que elaboró diversos conceptos
relacionados con el lenguaje de programación, definió su tarea
como "tejer patrones algebraicos de la misma manera que el
telar teje flores y hojas". El hipertexto imita el mecanismo
de pensamiento asociativo en red tan característico de las
mujeres, así como nuestra habilidad para pasar de un plano a
otro, de lo cotidiano a lo institucional, de lo laboral a lo
personal, de lo oficial a lo privado.
Internet puede que
sea ahora el Far West pero como cualquier otro territorio también
es un escenario para la Utopía y la proyección de nuestros
deseos.
Itziar Elizondo
Periodista