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Gloria
Anzaldúa muere el 15 de mayo del 2004,
GayGuatemala le rinde un homenaje:
Gloria
la rebelde, la otra, la mujer de la frontera,
la lesbiana, la chicana que criticó a su
tribu y a la vez llevó siempre en ella la
tierra de su propio ser, la híbrida, la
mestiza de todos los mestizajes, la que hizo
de la libertad su casa y la llevó siempre en
su espalda: her back : ese puente que cruzaba
y se ofrecía para cruzar fronteras y límites.
Gloria Anzaldúa la creativa escritora, la crítica
de la cultura de los dioses y los patriarcas,
la maestra, la mujer hombre, la hombre mujer,
la que se negaba a las dicotomías sexuales,
la que hizo de la rebelión una ética, de la
creación un poema y del poema su vida.
“Hay una rebelde en mí –la Criatura
de las Sombras. Es una parte de mí que se
niega a aceptar órdenes de autoridades
ajenas. Se niega a aceptar órdenes de mi
voluntad consciente, desafía la soberanía
de mi propio gobierno. Es la parte de mi
que odia los constreñimientos de
cualquier clase, incluso los autoimpuestos.
Al mínimo amago de cualquier otro de
limitar mi tiempo o espacio, patalea con
ambas piernas, se desboca.”
“No me
deis vuestros dogmas y vuestras leyes. No
me deis vuestros banales dioses. Lo que
quiero es contar con las tres culturas
—la blanca, la mexicana, la india.
Quiero la libertad de poder tallar y
cincelar mi propio rostro, cortar la
hemorragia con cenizas, modelar mis
propios dioses desde mis entrañas. Y si
ir a casa me es denegado entonces tendré
que levantarme y reclamar mi espacio,
creando una nueva cultura —una cultura
mestiza— con mi propia madera, mis
propios ladrillos y argamasa y mi propia
arquitectura feminista”.
Breve biografía de Gloria Anzaldúa:
Nace
en 1942 en el área rural del sur de Texas, en
una familia chicana de trabajadores agrícolas
que se mueve, en las temporadas de cosechas,
entre los campos tejanos y los de Arkansas
para sobrevivir. No obstante que su padre
muere cuando ella tenía 15 años, ella no
abandona los estudios y llega a ser la primera
persona de su comunidad en terminar el colegio
e ir a la universidad donde recibe el grado de
maestría en lengua inglesa y educación. A
principios de los años 70 trabaja como
maestra de niños y niñas migrantes mientras
continúa especializándose en estudios
feministas y chicanos. Hacia finales de los 70
se traslada a San Francisco donde da
conferencias y continúa su trabajo académico.
En 1981 publica junto a Cherrié Moraga el
libro This Bridge Called My Back: Writings by
Radical Women of Color donde hace un profundo
análisis de la intolerancia y la negación de
la diferencia dentro del predominante
movimiento feminista blanco anglo. Este libro
fue un importante elemento de impulso para la
ola de escritoras chicanas que vino en
seguida. Entre muchas obras, los otros libros
ampliamente conocidos de Anzaldúa son:
Borderlands/La Frontera: The New Mestiza,
Making Face, Making Soul/ Haciendo Caras:
Creative and Critical Perspectives by Women of
Color y Prieta, una novela corta.
Si toda su vida fue profundamente política,
su trabajo como activista y teórica lo realizó
siempre dentro del feminismo lésbico ligándolo
siempre a su identidad de mujer chicana:
“lesbiana de color”.
Como homenaje a
ella GayGuatemala.com pone un texto político
autobiográfico de Gloria: “Movimientos de
rebeldía y las culturas que traicionan”.
Movimientos
de rebeldía y las culturas que traicionan
Movimientos
de rebeldía y las
culturas que traicionan (1)
Gloria Anzaldúa
(+ 15 de mayo del 2004)
Esos movimientos de rebeldía que tenemos en
la sangre nosotros los mexicanos surgen como ríos
desbocanados en mis venas. Y como mi raza que
cada cuando deja caer esa esclavitud de
obedecer, de callarse y aceptar, en mí está
la rebeldía encimita de mi carne.
Debajo de mi humillada mirada está una cara
insolente lista para explotar. Me costó muy
caro mi rebeldía –acalambrada con desvelos
y dudas, sintiéndome inútil, estúpida e
impotente.
Me entra una rabia cuando alguien —sea mi
mamá, la Iglesia, la cultura de los anglos—
me dice haz esto, haz eso sin considerar mis
deseos. Repele. Hable pa’ tras. Fui muy
hocicona. Era indiferente a muchos valores de
mi cultura. No me deje de los hombres. No fui
buena ni obediente.
Pero he crecido. Ya no sólo paso toda mi vida
botando las costumbres y los valores de mi
cultura que me traicionan. También recojo las
costumbres que por el tiempo se han probado y
las costumbres de respeto a las mujeres. Pero
a pesar de mi tolerancia creciente, for this
Chicana la guerra de independencia is a
constant.
La fuerza de mi rebelión
Guardo un
recuerdo muy vivo de una vieja fotografía:
tengo seis años. Estoy de pie entre mi padre
y mi madre, la cabeza ladeada hacia la
derecha, los dedos de mis pies planos aferrándose
al suelo. Agarrada a la mano de mi madre.
Hasta el día de hoy no estoy segura de dónde
encontré la fuerza para abandonar la fuente,
la madre, separarme de mi familia, mi tierra,
mi gente, y todo lo que esa fotografía
significaba. Tuve que abandonar el hogar para
poder encontrarme a mí misma, encontrar mi
propia naturaleza intrínseca, enterrada bajo
la personalidad que me había sido impuesta.
Fui la primera en seis generaciones en salir
del Valle, la única de mi familia en dejar la
casa. Pero no abandoné todas las partes de mí:
conservé la tierra de mi propio ser. Sobre
ella caminé al marcharme, taking with me the
land, the Valley, Texas.
Gané mi camino
y me largué.
Muy andariega mi hija.
Because I left of my own accord me dicen,
«¿Cómo te gusta la mala vida?»
A una edad muy
temprana yo ya tenía un fuerte sentido de quién
era, qué era capaz de hacer, y qué era
justo. Tenía una voluntad testaruda que
intentaba movilizar constantemente a mi alma
bajo mi propio régimen, vivir la vida en mis
propios términos sin importar lo inadecuados
que resultaran para los demás. Terca. Incluso
de niña nunca obedecía. Era «perezosa». En
lugar de planchar las camisas de mis hermanos
pequeños o de limpiar los armarios, pasaba
largas horas estudiando, leyendo, pintando,
escribiendo. Cada pedacito de confianza en mí
misma que laboriosamente lograba reunir, recibía
una paliza diaria. No había nada de mí que
mi cultura aprobara. Había agarrado malos
pasos. Something was «wrong» with me. Estaba
más allá de la tradición.
Hay una rebelde en mí —la Bestia de la
Sombra. Es una parte de mí que se niega a
aceptar órdenes de autoridades externas. Se
niega a aceptar órdenes de mi voluntad
consciente, desafía la soberanía de mi
propio gobierno. Es esa parte de mí que odia
las restricciones de cualquier clase, incluso
las autoimpuestas. Al mínimo amago de
cualquier otro de limitar mi tiempo y mi
espacio, patalea con ambas piernas. Se
desboca.
Tiranía Cultural
La cultura
moldea nuestras creencias. Percibimos la versión
de la realidad que ella comunica. Paradigmas
dominantes, conceptos predefinidos que existen
como incuestionables, imposibles de desafiar,
nos son transmitidos a través de la cultura.
La cultura la hacen aquellos en el poder
—hombres. Los varones hacen las reglas y las
leyes; las mujeres las transmiten. ¿Cuántas
veces habré oído a madres y suegras
aconsejar a sus hijos pegar a sus mujeres por
no obedecerlos, por
ser hociconas [big mouths], por ser callejeras
[going to visit and gossip with neighbors],
por esperar que sus maridos las ayuden con la
crianza de los hijos y el trabajo doméstico,
por querer ser algo más que esposas?
La cultura espera que las mujeres muestren
mayor aceptación a, y compromiso con, el
sistema de valores que los varones. La cultura
y la Iglesia insisten en que las mujeres estén
sometidas a los hombres. If a woman rebels she
is a mujer mala. Si una mujer no renuncia a sí
misma en favor del varón, es egoísta. Si una
mujer se mantiene virgen hasta el matrimonio,
she is a good woman. Para una mujer de mi
cultura únicamente había tres direcciones
hacia las que volverse: hacia la Iglesia como
monja, hacia las calles como prostituta, o
hacia el hogar como madre. Hoy en día algunas
de nosotras, muy pocas, tenemos una cuarta
opción: incorporarnos al mundo por medio de
la educación y la carrera profesional y
convertirnos en personas autónomas. Como
pueblo de gente trabajadora nuestra actividad
principal es poner comida en nuestras bocas,
un techo sobre nuestras cabezas y ropa sobre
nuestras espaldas. Dar una educación a
nuestros hijos e hijas está fuera de las
posibilidades de la mayoría de nosotros.
Educadas o no, la responsabilidad de las
mujeres aún es la de ser esposa/madre —sólo
la monja puede escapar de la maternidad. Si no
se casan y tienen hijos se hace sentir a las
mujeres como completos fracasos. «¿Y cuando
te casas, Gloria? Se te va a pasar el tren».
Y yo les digo, «Pos si me caso, no va a ser
con un hombre». Se quedan calladitas. Sí,
soy hija de la Chingada. I’ve always been
her daughter. No ‘tés chingando. (...)
Los humanos temen lo sobrenatural, tanto lo
terrenal —los impulsos animales como la
sexualidad, lo inconsciente, lo desconocido,
lo ajeno— como lo divino —lo sobrehumano,
el dios que hay en nosotros. La cultura y la
religión tratan de protegernos de estas dos
fuerzas. Se teme a la mujer por la virtud de
crear seres de carne y sangre en su vientre
—sangra cada mes pero no muere—, por la
virtud de estar en comunión con los ciclos de
la naturaleza. Dado que, según el
cristianismo y la mayoría de las religiones
mayoritarias, la mujer es carnal, animal y más
cercana a lo terrenal, debe ser protegida.
Protegida de ella misma. La mujer es lo extraño,
la otredad. Es un reconocido fragmento de las
pesadillas del hombre, es su Bestia de la
Sombra. Verla le conduce a un frenesí de ira
y temor.
La gorra, el rebozo, la mantilla son símbolos
de «protección » de las mujeres en mi
cultura. La cultura —léase los hombres—
pretende proteger a las mujeres. En realidad
mantiene a la mujer en roles rígidamente
definidos. Aleja a las niñas de otros hombres
—no caces en mi coto, sólo yo puedo tocar
el cuerpo de mi niña. Nuestras madres nos
enseñaron bien, «Los hombres no más quieren
una cosa»; no puedes confiar en los hombres,
son egoístas y son como niños.
Nuestras madres se aseguraban de que no entráramos
en camisón o en bragas en las habitaciones de
hermanos o padres o tíos. Nunca estábamos
solas con hombres, ni siquiera
con los de nuestra propia familia.
A través de nuestras madres, la cultura nos
daba dobles mensajes: No voy a dejar que ningún
pelado desgraciado maltrate a mis hijos. Para
acto seguido decir, La mujer tiene que hacer
lo que le diga el hombre. ¿Cuál debíamos
ser, la fuerte o la sumisa, la rebelde o la
conformista?
Los derechos tribales por encima de los
individuales aseguraban la supervivencia de la
tribu y eran necesarios entonces y, como en el
caso de todos los pueblos indígenas del mundo
que están aún defendiéndose contra el
asesinato intencional y premeditado, todavía
siguen siendo necesarios.
Gran parte de lo que la cultura condena se
focaliza en las relaciones de parentesco. El
bienestar familiar, la comunidad y la tribu
son más importantes que el bienestar
individual. El individuo existe primero como
pariente —como hermana, padre o padrino— y
después como individuo.
En mi cultura el egoísmo está condenado,
sobre todo en las mujeres; la humildad y
generosidad, la ausencia de egoísmo, es
considerada una virtud. En el pasado, ser
humilde con miembros de fuera de la familia
aseguraba que no harías a nadie envidioso; así
él o ella no utilizaría ningún hechizo
contra ti. Si te sientes importante eres una
envidiosa. Si no te comportas como todo el
mundo, la gente dirá que piensas que eres
mejor que los demás, que te crees grande. Con
la ambición —condenada en la cultura
mexicana y valorada en la anglosajona— llega
la envidia. El respeto acarrea una serie de
reglas que mantienen en orden las categorías
sociales y las jerarquías: el respeto está
reservado para la abuela, papá, el patrón,
aquellos con poder en la comunidad. La mujer
está en lo más bajo de la escala un peldaño
por encima de los desviados. La cultura
chicana, mexicana, y algunas culturas indias
no toleran la desviación. Desviación es todo
aquello que está condenado por la comunidad.
La mayoría de las sociedades tratan de
librarse de sus desviados. La mayoría de las
culturas han quemado y golpeado a sus
homosexuales y a otros que se han desviado de
la normalidad sexual. Los raritos son el
espejo que refleja el miedo heterosexual de la
tribu: ser diferente, ser otro y por lo tanto
inferior, por lo tanto sub-humano, in-humano,
no-humano.
Mitad y mitad
Había una
muchacha que vivía cerca de mi casa. La gente
del pueblo hablaba de ella como una de las
otras, «of the Others». Decían que durante
seis meses era una mujer que tenía una vagina
que sangraba una vez al mes, y que durante los
otros seis meses ella era un hombre, tenía un
pene y orinaba de pie.
La llamaban mitad y mitad, mita’ y mita’,
ni lo uno ni lo otro sino una extraña
duplicación, una desviación de la naturaleza
que horrorizaba, una obra de la naturaleza
invertida. Pero existe un aspecto mágico en
la anormalidad y en la llamada deformidad. Según
el pensamiento mágico-religioso de las
culturas primitivas se creía que las personas
mutiladas, locas y sexualmente diferentes poseían
poderes sobrenaturales. Para ellos, la
anormalidad era el precio que una persona debía
pagar por su —de él o de ella—
extraordinario don innato.
Hay algo irresistible en ser hombre y mujer a
la vez, en el tener acceso a ambos mundos. En
contra de algunos dogmas psiquiátricos, los
mitad y mitad no sufren una confusión de
identidad sexual, o una confusión de género.
Lo que sufrimos es una absoluta dualidad despótica
que dice que sólo somos capaces de ser uno u
otro. Se afirma que la naturaleza humana es
limitada y que no puede evolucionar hacia algo
mejor. Pero yo, como otras personas queer, soy
dos en un único cuerpo, tanto hombre como
mujer. Soy la encarnación de los hieros
gamos: la unión de contrarios en un mismo
ser.
Miedo a ir a
casa: homofobia
Para las lesbianas de color, la máxima rebelión
que pueden emprender contra su cultura nativa
es a través de su conducta sexual. La
lesbiana va en contra de dos prohibiciones
morales: sexualidad y homosexualidad. Siendo
lesbiana y creciendo católica, adoctrinada
como heterosexual, I made the choice to be
queer —para algunos esto es genéticamente
inherente. Es un camino interesante que se
desliza continuamente dentro y fuera de lo
blanco, de lo católico, lo mexicano, lo indígena,
los instintos. Dentro y fuera de mi cabeza.
Conduce a la loquería, los locos. Es una
forma de conocimiento —de conocer, y de
aprender, la historia de opresión de nuestra
raza. Es una forma de equilibrar, de mitigar
la dualidad.
En una facultad de Nueva Inglaterra donde enseñé,
la presencia de algunas lesbianas provocó el
pánico entre las estudiantes y profesoras
heterosexuales más conservadoras. Las dos
estudiantes y nosotras, dos profesoras
lesbianas, nos reunimos con ellas para
discutir sus miedos. Una de las estudiantes
dijo: «creía que homofobia significaba miedo
a volver a casa tras la residencia
universitaria».3 Y yo pensé, qué apto.
Miedo a volver a casa. Y no ser aceptada.
Tememos ser abandonadas por la madre, la
cultura, la Raza, ser rechazadas, culpadas, dañadas.
La mayoría pensamos inconscientemente que si
revelamos este aspecto inaceptable de
nosotras, nuestra madre/cultura/raza nos
rechazará totalmente. Para evitar el rechazo,
algunas de nosotras nos ajustamos a los
valores de la cultura, relegamos las partes
inaceptables a las sombras. Lo que deja
solamente un miedo —que seremos descubiertas
y que la Bestia de la Sombra se escapará de
su jaula. Algunas de nosotras tomamos otra
ruta. Intentamos hacernos conscientes de la
Bestia de la Sombra, enfrentarnos a la lujuria
sexual y a la lujuria por el poder y la
destrucción que vemos en su rostro, discernir
de entre sus rasgos la sombra que el orden
reinante de los varones heterosexuales
proyecta sobre nuestra Bestia. Sin embargo,
otras damos otro paso: intentamos despertar a
la Bestia de la Sombra que hay en nuestro
interior. No muchas saltan de alegría ante la
posibilidad de enfrentarse en el espejo con la
Bestia de la Sombra sin acobardarse ante sus
ojos de serpiente sin párpados, su fría y húmeda
mano de almeja que nos arrastra bajo tierra,
los colmillos obstruidos y siseando. ¿Cómo
poner alas a esta particular serpiente? Pero
algunas de nosotras hemos tenido suerte —en
el rostro de la Bestia de la Sombra no hemos
visto lujuria sino ternura; en su rostro hemos
desenmascarado la mentira.
Terrorismo íntimo: la vida en la
frontera
El mundo no es un lugar seguro para vivir.
Temblamos en celdas separadas en ciudades
cercadas, los hombros encorvados, apenas
escondiendo el pánico bajo la superficie de
la piel, tragándonos diariamente el golpe con
el café de la mañana, con el miedo a que
quemen nuestras casas con antorchas, a los
ataques en las calles. Encerradas. La mujer no
se siente a salvo cuando su propia cultura y
la cultura blanca la critican; cuando los
varones de todas las razas la cazan como a una
presa.
Alienada de su cultura materna, «alien» en
la cultura dominante, la mujer de color no se
siente a salvo en lo más profundo de su Ser.
Petrificada, no puede responder, su cara está
atrapada entre los intersticios, los espacios
entre los diferentes mundos que habita.
La habilidad para responder es lo que se
conoce como responsabilidad, sin embargo
nuestras culturas nos quitan nuestra capacidad
de actuar —nos encadenan en nombre de la
protección. Bloqueadas, inmovilizadas, no
podemos avanzar, no podemos retroceder. Este
retorcido movimiento serpenteante, el propio
movimiento de la vida, más veloz que el rayo,
helado.
No nos comprometemos del todo. No utilizamos
del todo nuestras facultades. Nos abnegamos. Y
ahí, frente a nosotras, está el cruce de
caminos y la elección: sentirnos como víctimas
cuando otra persona tiene el control y por
tanto es responsable y puede ser culpado
—ser una víctima y transferir la culpa
sobre la cultura, la madre, el padre, el
ex-amante, el amigo, me absuelve de la
responsabilidad—, o sentirse fuerte y, en
gran medida, en control.
Mi identidad chicana está forjada en la
historia de la resistencia de la mujer india.
Los rituales de luto de la mujer azteca eran
ritos de desafío para protestar contra los
cambios culturales que rompieron la igualdad y
el equilibrio entre mujeres y varones, y
protestar contra su desplazamiento a un
estatus inferior, su denigración. Como la
Llorona el único medio de protesta de la
mujer india era el lamento.
So mamá, Raza, how wonderful, no tener que
rendir cuentas a nadie. Me siento
completamente libre para rebelarme y protestar
contra mi cultura. Por mi parte, no tengo
miedo a traicionar porque, al contrario que
las chicanas y otras mujeres de color que
crecieron blancas, o quienes sólo
recientemente han vuelto a sus raíces
culturales nativas, yo estaba totalmente
inmersa en la mía. No fue hasta que fui al
instituto que «vi» blancos. Hasta que trabajé
en mi título de master no los había tenido a
un brazo de distancia.
Estaba totalmente inmersa en lo mexicano, un
rural, rústico, aislado mexicanismo. Para
separarme de mi cultura —y de mi familia—
tuve que sentirme suficientemente competente
ahí afuera y lo bastante segura por dentro
para vivir la vida por mi misma. Sin embargo,
cuando dejé mi casa no perdí el contacto con
mis orígenes, porque lo mexicano forma parte
de mí. Soy una tortuga, allá donde voy llevo
mi «hogar» en mi espalda.
No fui yo quien vendió a mi gente sino ellos
a mí. Y sí, aunque el «hogar» permea cada
músculo y cartílago de mi cuerpo, yo también
tengo miedo de volver a casa. Aunque siempre
defenderé mi raza y cultura cuando sean
atacadas por los no-mexicanos, conozco el
malestar de mi cultura.
Detesto algunas formas de mi cultura, cómo
incapacita a sus mujeres, como burras,
nuestras fuerzas usadas contra nosotras,
vulgares y burras portando humildad con
dignidad.
La habilidad de servir, afirman los hombres,
es nuestra mayor virtud. Detesto cómo mi
cultura hace caricaturas macho de sus hombres.
No, no asumo todos los mitos de la tribu en
los que nací. Puedo comprender por qué
cuanto más teñidas de sangre anglo, más
firmemente mis hermanas de color y decoloradas
glorifican los valores de su cultura de color
—para compensar la extrema devaluación de
la que es objeto por parte de la cultura
blanca. Es una reacción legítima. Pero yo no
glorificaré aquellos aspectos de mi cultura
que me hayan dañado y que me hayan dañado
bajo el pretexto de protegerme.
Así que no me deis vuestros dogmas y vuestras
leyes. No me deis vuestros banales dioses. Lo
que quiero es contar con las tres culturas
—la blanca, la mexicana, la india. Quiero la
libertad de poder tallar y cincelar mi propio
rostro, cortar la hemorragia con cenizas,
modelar mis propios dioses desde mis entrañas.
Y si ir a casa me es denegado entonces tendré
que levantarme y reclamar mi espacio, creando
una nueva cultura —una cultura mestiza—
con mi propia madera, mis propios ladrillos y
argamasa y mi propia arquitectura feminista.
La herida de la india-mestiza
Estas carnes indias que despreciamos nosotros
los mexicanos así como despreciamos y
condenamos a nuestra madre, Malinali. Nos
condenamos a nosotros mismos. Esta raza
vencida, enemigo cuerpo.
No fui yo quien
vendió a mi gente sino ellos a mí. Malinali
Tenepat, o Malintzin, ha pasado a ser conocida
como la Chingada —the fucked one. Se ha
convertido en una palabrota que sale de
movimientos de rebeldía y las culturas que
traicionan boca de los chicanos una docena de
veces al día. Puta, prostituta, la mujer que
vendió a su gente a los españoles, son epítetos
que los chicanos escupen con desprecio. El
peor tipo de traición reside en hacernos
creer que la mujer india en nosotras es la
traidora. Nosotras, indias y mestizas
criminalizamos a la india que hay en nosotras,
la brutalizamos y la condenamos. La cultura
masculina ha hecho un buen trabajo con
nosotras. Son las costumbres que traicionan.
La india en mí es la sombra: La Chingada,
Tlazolteotl, Coatlicue. Son ellas que oímos
lamentando a sus hijas perdidas.
No fui yo quien vendió a mi gente sino ellos
a mí. Me traicionaron por el color de mi
piel. La mujer de piel oscura ha sido
silenciada, burlada, enjaulada, atada a la
servidumbre con el matrimonio, apaleada a lo
largo de 300 años, esterilizada y castrada en
el siglo XX. Durante 300 años ha sido una
esclava, mano de obra barata, colonizada por
los españoles, los anglo, por su propio
pueblo —y en Mesoamerica su destino bajo los
patriarcas indios no se ha librado de ser
herido. Durante 300 años fue invisible, no
fue escuchada, muchas veces deseó hablar,
actuar, protestar, desafiar. La suerte estuvo
fuertemente en su contra. Ella escondió sus
sentimientos; escondió sus verdades; ocultó
su fuego; pero mantuvo ardiendo su llama
interior. Se mantuvo sin rostro y sin voz,
pero una luz brilló a través del velo de su
silencio.
Y aunque no pudo extender sus ramas y para
ella en este momento el sol se ha escondido
bajo la tierra y no hay luna, continúa
avivando la llama. El espíritu del fuego la
estimula para luchar por su propia piel y un
trozo de suelo en el que permanecer, un suelo
desde el que ver el mundo —una perspectiva,
un terreno propio donde pueda sondear las
ricas raíces ancestrales en su amplio corazón
de mestiza. Ella espera hasta que las aguas no
sean tan turbulentas y las montañas no tan
resbaladizas con la ventisca. Golpeada y
magullada espera, sus magulladuras se arrojan
contra ella misma y contra el pulso rítmico
de lo femenino.
Coatlalopeuh
espera con ella.
Aquí en la soledad prospera su rebeldía.
En la soledad ella prospera.
1 Publicación original: Gloria Anzaldúa, «Movimientos
de rebeldía y las
culturas que traicionan», Borderlands/La
Frontera. The New Mestiza, San
Francisco, Aunt Lute Books, 1987.
2 Las cursivas aparecen en castellano en el
original. [N. de e.]
3 Juego de palabras en inglés entre
homophobia y home, «hogar». [N. de e.]
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